Entre la Guerra y la Hacienda: La Crónica del Capitán Hernando de Mendiola (1643-1653)
I. El Hacendado y sus Intereses (1643-1646) En la primera mitad del siglo XVII, la figura del Capitán Hernando de Mendiola emerge como un prominente vecino del Valle de las Salinas y de la Ciudad Metropolitana de Monterrey. Su vida económica se extendía más allá de las fronteras locales, tejiendo redes comerciales hacia el centro del virreinato.
Hacia marzo de 1643, Mendiola buscaba consolidar su patrimonio reclamando herencias lejanas. Desde Monterrey, otorgó poder al Fray Francisco Moreno para recuperar un legado de Martín de Aspurga en las minas de San Luis Potosí. Sin embargo, su principal actividad era la ganadería.
Para 1646, Mendiola poseía la hacienda de ganado mayor llamada “El Bizcocho”, ubicada en la jurisdicción de San Miguel (Guanajuato), aunque él residía en el norte. La distancia le trajo problemas: el Capitán denunció el robo sistemático de su ganado (abigeato). Informó que Pedro Sebastián, obligado de las carnicerías de San Luis Potosí, había “vaqueado” en su hacienda sin licencia, sustrayendo una gran cantidad de reses.
Ante la imposibilidad de estar en dos lugares a la vez, Hernando recurrió a su familia extendida, otorgando poder a su sobrino, Lázaro de Mendiola (mercader y vecino de Saltillo), para que defendiera sus intereses y cobrara los daños. Esta relación tío-sobrino sería fundamental para la administración final de sus bienes.
II. La Frontera de Guerra: El Asedio del Valle de Orozco (1651) La vida en el Valle de las Salinas y el Valle de Orozco no era pacífica. Los documentos de abril de 1651 revelan un episodio dramático que marcó la vida doméstica del Capitán.
Hernando de Mendiola sobrevivió a un violento ataque de indios hostiles que cercaron su casa con la intención de matarlos y robar todo. La defensa de la propiedad no fue realizada por soldados reales, sino por la “familia” doméstica del Capitán: sus esclavos.
Los registros destacan la valentía de los hijos de Mariana, una esclava negra portuguesa propiedad de Mendiola:
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Juan de Mendiola (El esclavo/mulato): De 28 años. Durante el ataque, viendo a su amo herido de un flechazo, salió a resistir el combate arriesgando su vida. Juan también fue atravesado por una flecha y estuvo al borde de la muerte, pero logró defender la casa hasta ahuyentar a los enemigos.
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Antonio: De 22 años, hermano de Juan. Defendió la casa en soledad con “notable ánimo” mientras el Capitán estaba ausente, manteniendo la posición hasta que llegaron Hernando y Juan para romper el cerco.
III. Genealogía y Manumisión: La Estructura del Hogar El ataque al Valle de Orozco transformó la relación entre amo y siervos. En agradecimiento por “el mucho amor y voluntad” y la lealtad de sangre derramada, el 29 de abril de 1651, Hernando de Mendiola otorgó cartas de libertad (manumisión) a la descendencia de su esclava Mariana:
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A Juan (el héroe del asedio) y a Antonio.
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A María de la Cruz y Mendiola (hermana de los anteriores).
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A Antonia (mulata de 20 años) y a sus hijos pequeños: Antonia de la Cruz (6 años) y Juan Ramos (1 año).
El Misterio del “Hijo Natural”: Un detalle genealógico fascinante aparece en los testigos de estas cartas de libertad. Firma como testigo un hombre llamado Juan de Mendiola, a quien el documento identifica explícitamente como “hijo natural del dicho capitán Hernando de Mendiola”.
Esto sugiere una estructura familiar compleja donde convivían bajo el mismo techo:
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El Capitán Hernando.
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Su hijo natural (biológico y reconocido), Juan de Mendiola.
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Los esclavos mulatos (hijos de Mariana), uno de los cuales también se llamaba Juan de Mendiola y tenía casi la misma edad que el hijo natural.
La libertad de los esclavos quedó condicionada a la muerte del Capitán, asegurando que le acompañaran hasta sus últimos días.
IV. El Fin de una Era (1653) La muerte alcanzó al Capitán Hernando de Mendiola poco después, hacia principios de 1653, en el Valle de las Salinas.
El cierre de su historia recayó nuevamente en su sobrino, Lázaro de Mendiola. En mayo de 1653, Lázaro, actuando como albacea o responsable de los bienes remanentes, tuvo que liquidar una deuda considerable de 3,358 pesos en plata al General Juan de Zavala (apoderado del Gobernador Martín de Zavala). Este acto final, supervisado por abogados de la Real Audiencia, cerró el ciclo legal de uno de los colonos que, entre pleitos de ganado y flechas chichimecas, forjó la historia temprana del noreste novohispano.
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