El Peso del Diezmo en el Guajuco (1685)

El 30 de abril de 1685, la Ciudad Metropolitana de Monterrey, una urbe que apenas comenzaba a consolidar su segunda época de fundación, fue testigo de una transacción que reflejaba las duras realidades de la vida en la frontera del Nuevo Reino de León. En el despacho del Gobernador Don Agustín de Echeverz y Subiza, Marqués de San Miguel de Aguayo y Caballero de la Orden de Santiago, se reunió la familia Rodríguez de Montemayor con un propósito urgente.

La mesa estaba presidida por Inés de la Garza, una mujer que cargaba no solo con el luto de su esposo, el difunto Capitán Diego Rodríguez de Montemayor, sino con la pesada responsabilidad de ser la tutora de sus cinco hijos menores: José, Juan, Santiago, María e Inés. Junto a ella se encontraban sus hijos mayores, Diego, Miguel, Nicolás y Francisco, hombres de más de 25 años que, a pesar de su madurez, necesitaban la licencia del Gobernador para proceder.

El motivo de la reunión era una deuda sagrada y terrenal a la vez. El difunto Capitán Diego había sido arrendatario de los diezmos de la Catedral de Guadalajara, y una auditoría había revelado un faltante sustancial. La “Santa Iglesia”, como la llamaban con reverencia y temor, había impuesto un embargo sobre los bienes de la familia. La sombra del cobro eclesiástico pendía sobre el futuro de la viuda y sus hijos.

Para saldar la deuda, la familia tomó la dolorosa decisión de vender una parte significativa de su patrimonio: 30 sitios de ganado menor, 2 sitios de ganado mayor y 10 caballerías de tierra. Estas tierras eran un legado directo de los servicios del Capitán Diego a la corona, otorgadas en merced por el General León de Alza, anterior Gobernador, el 17 de abril de 1667, “en remuneración de sus servicios”. Eran tierras ganadas con sangre y esfuerzo en una región difícil.

El comprador era Antonio de Abarrategui, un hombre de negocios residente en Monterrey pero vecino de la próspera ciudad de San Luis Potosí, quien veía en esta adquisición una oportunidad de expansión. El precio acordado fue de 1,000 pesos, una suma considerable para la época, destinada en su mayor parte a “pagar a dicha Santa Iglesia”. Sin embargo, la astucia y la necesidad de la familia también se hicieron presentes: una parte del dinero se reservaría “para comprar aperos, para fomentar una labor que tenemos en el puesto que llaman del Guajuco”. El Guajuco, una zona fértil y prometedora, representaba la esperanza de un nuevo comienzo, un lugar donde la familia podría reconfirmar su sustento lejos de la sombra de la deuda.

El acto fue formal y solemne. Ante la mirada vigilante del Marqués de San Miguel de Aguayo, y con la presencia del Capitán Ignacio Guerra y Lorenzo Yañez como testigos, y de Juan Bautista Chapa y Alonso Guajardo como asistentes, Inés de la Garza y sus hijos mayores firmaron el documento que sellaba su destino. El papel, ahora parte de la colección de Protocolos, registraba no solo una transacción de tierras, sino una historia de supervivencia, fe y determinación en los albores del Monterrey colonial.

Cita en Formato APA 6

Archivo General del Estado de Nuevo León. (1685). Venta de sitios de ganado [Registro de compra-venta de tierras]. En Protocolos (Vol. 16, Expediente 46, Folio 5). Ciudad Metropolitana de Monterrey, Nuevo León. (Original depositado físicamente en Ramo Civil).

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