Patrimonio y Redención: El Testamento de Diego Rodríguez de Montemayor
Bajo el cielo plomizo de la Monterrey del siglo XVII, el 9 de abril de 1675, el Capitán Diego Rodríguez se preparaba para el último de sus viajes. Miembro de la élite fundadora y vecino de una ciudad que apenas comenzaba a consolidarse en la “segunda época” de su historia metropolitana, el Capitán mandó llamar al Alcalde Ordinario para dictar su testamento.
Una Vida entre la Fe y la Frontera
Hijo de Miguel de Montemayor y Mónica Rodríguez, Diego era un hombre de posesiones y linaje. En sus disposiciones finales, la fe y la culpa se entrelazan: solicitó ser enterrado en la parroquial, justo en la sepultura que perteneció a su padre. No obstante, un gesto revela la complejidad de la época: mandó decir 20 misas en el convento de San Francisco por las almas de los “indios naturales” que murieron bajo su servicio, una práctica común entre los encomenderos que buscaban redención en el lecho de muerte.
El Legado de una Gran Familia
Casado con Inés de la Garza, Diego dejaba una descendencia numerosa de diez hijos y una incertidumbre: su mujer “quedaba preñada” al momento de su partida. El patrimonio repartido entre sus herederos describe una geografía de poder que aún hoy resuena en Nuevo León:
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Tierras y Haciendas: Entregó a su hija Margarita el potrero del Guajuco (desde las Bocas de San Miguel hasta Santiago) tras reconocer que las tierras de Mederos eran “inútiles” para ella.
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Arquitectura del Siglo XVII: Sus casas de morada, ubicadas en la Plaza de la Ciudad, consistían en una sala, dos aposentos y una cocina con corral cercado de tapia.
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Industria: Poseía un molino de caballo para fundir metales en la hacienda de los Nogales, señal de sus intereses mineros.
Deudas y Deberes
Como todo hombre de su tiempo, Diego no se fue libre de compromisos. Registró deudas con la Catedral de Guadalajara y con religiosos como Fray Juan de Salas. Además, en un acto de responsabilidad familiar, encargó a su hijo mayor velar por Juana de Montemayor, su hija natural.
Ante la mirada de testigos ilustres como Juan Bautista Chapa, el cronista del Nuevo Reino de León, el Capitán cerró sus cuentas con el mundo, dejando a su hijo y a su hermano como albaceas de un legado que cimentaría la historia de la región.
Fuente (APA 6)
Archivo Municipal de Monterrey. (1675). Testamento del Capitán Diego Rodríguez (Protocolos, Vol. 14, Exp. 11, Folio 4). Monterrey, Nuevo León: Ciudad Metropolitana de Monterrey (segunda época).
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