El Ocaso del Capitán Miguel de la Garza Falcón: Ecos de la Hacienda de San Francisco

Corría la primavera de 1694, un 8 de mayo en la agreste frontera del Nuevo Reino de León. En la quietud de la Hacienda de San Francisco, bajo el vasto cielo de la jurisdicción de Monterrey, el Capitán Miguel de la Garza Falcón sentía que el peso de los años y la fatiga de una vida forjada en el norte novohispano le exigían poner sus asuntos en orden. Era un hombre de la tierra, un ganadero y terrateniente que había visto crecer a Monterrey desde sus cimientos.

Ese día, rodeado por el silencio del campo y el murmullo de su numerosa familia, decidió dictar su última voluntad.

Raíces y Devoción

El Capitán no era un hombre sin historia; llevaba en la sangre el legado de los primeros pobladores. Era hijo legítimo del Capitán Blas de la Garza, uno de los pioneros del real de Mapimí en la Nueva Vizcaya, y de doña Beatriz González, quien formó parte de los primeros cimientos de la villa del Saltillo.

Hombre de profunda fe, típica de su época, dictó sus disposiciones para el viaje final con precisión absoluta. Pidió descansar en el templo parroquial, dejando instrucciones claras:

“Que sea sepultado en mi sepultura y entierro que tengo en la parroquial, hacia la puerta del costado”.

No escatimó en su salvación espiritual: ordenó un novenario contado, con sus respectivos responsos y el solemne doble de campanas. Además, demostrando su sintonía con las corrientes religiosas de la Nueva España, destinó fondos para apoyar la causa de canonización del venerable Gregorio López, un místico ermitaño muy venerado en la época, así como las mandas forzosas de costumbre. Tampoco olvidó que aún estaba pagando su parte de las misas perpetuas que su padre había dejado establecidas.

El Patriarca y su Linaje

Miguel de la Garza Falcón había construido su vida junto a doña Gertrudis de Rentería, hija del difunto Sargento Mayor Jacinto García de Sepúlveda y doña Clara de Rentería. Al casarse, doña Gertrudis trajo consigo una dote nada despreciable que impulsó el patrimonio familiar: 2,500 pesos en moneda de plata (reales) y ganado.

De esta unión nació una estirpe numerosa que aseguraría la presencia del apellido Garza Falcón en la región. Trece hijos en total escuchaban o esperaban las decisiones del patriarca:

  • Los varones: Jacinto, Julián, Antonio Miguel, Félix, Juan, Pablo y Manuel.

  • Las mujeres: Juana, Leonor, Clara, Micaela, María y Beatriz.

Nombró como sus albaceas a dos de sus hijos mayores, Jacinto y Julián, confiándoles el peso de administrar su vasto legado.

Un Imperio Fronterizo de Tierra y Ganado

El testamento del Capitán es una ventana directa a la economía rural del siglo XVII. Declaró sus bienes, detallando un patrimonio construido con sudor y reatas:

  • Su parte en la Hacienda de San Francisco, incluyendo las casas de vivienda principales.

  • Un pedazo de tierra que había intercambiado con su hermano, el Sargento Mayor Blas de la Garza.

  • Tres sitios de ganado mayor repartidos en parajes que hoy resuenan en la geografía neoleonesa: Huinalá, Charco Azul, Diego Pérez, Cerrillo de los Piojos, y el Ojo de Agua del Salitrillo (que para entonces ya empezaban a llamar “el ojo del negro”), tierras heredadas de sus padres.

En sus campos pastaba su verdadera riqueza, vital para la supervivencia en la frontera:

  • 1,100 cabras y 50 vacas.

  • Decenas de equinos: 30 caballos (entre mansos y salvajes cerreros), dos manadas de yeguas y un atajo menor.

  • Bestias de carga y trabajo: 10 mulas aparejadas con sus reatas y lazos, 12 mulas salvajes y 5 yuntas operadas, junto con toda su herramienta de labranza.

Luces y Sombras de la Época

En medio del recuento de tierras y animales, el documento revela un aspecto profundamente humano y representativo de la época colonial: la esclavitud. El Capitán poseía dos esclavas, madre e hija.

En un acto final, el Capitán Garza Falcón declaró libre a la madre. Su justificación estaba cargada de un vínculo íntimo: la mujer había servido como nodriza y había criado a una de las hijas del propio Capitán. Sin embargo, la libertad no se extendió a la siguiente generación; la hija de la esclava permanecería bajo el yugo de la servidumbre, pasando a formar parte de la herencia repartida entre la familia Garza Falcón.

El Cierre del Documento

El dictado concluyó. Como testigo de este solemne acto estuvo presente el Alférez Nicolás de la Garza. De manera inusual, el escribano encargado de redactar el documento no plasmó su firma en el papel, dejando este detalle como una curiosidad histórica en el folio 124 vuelto del protocolo.

Así quedó sellada la voluntad de Miguel de la Garza Falcón, un hombre cuyo testamento no solo repartió cabras, mulas y tierras en Huinalá, sino que preservó para la posteridad una fotografía viva del Nuevo Reino de León en las postrimerías del siglo XVII.


Nota de Archivo: Fondo: Ciudad Metropolitana de Monterrey (segunda época) | Sección: Testamentos y Herencias | Fecha: 8 de mayo de 1694 | Vol. 5, Exp. 1, Folio 124 V. No. 67.

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