El Hierro, el Plomo y la Sangre: El Legado de Juan de Peña en el Ocaso del Siglo XVII
Corrían los últimos días de noviembre de 1699 en la Ciudad Metropolitana de Monterrey. El siglo XVII, marcado por la colonización, la defensa del territorio y la incipiente minería, llegaba a su fin. En su lecho, sintiendo la cercanía de su partida, el herrero y minero Juan de Peña mandó llamar al Alcalde Ordinario, el Capitán Francisco Báez de Treviño, para dictar su última voluntad. Lo que quedó plasmado en ese documento no fue solo la repartición de sus bienes, sino una radiografía perfecta de las dinámicas familiares, jurídicas y comerciales que conectaban al Nuevo Reino de León con el resto del Virreinato de la Nueva España.
Juan de Peña era un hombre de fragua y de frontera. Casado con Estefanía de Villafranca, a quien desposó sin dote —un detalle jurídico y social revelador de las condiciones materiales de la época—, formó una extensa familia de nueve hijos. La preocupación del patriarca por la subsistencia de los suyos era evidente y dictó disposiciones precisas. A su hijo Juan le legó los símbolos de la defensa y la milicia: su arcabuz, su espada y su coleto. A Marcos, por otro lado, le encomendó la responsabilidad económica de la casa, dejándole su carabina y, más importante aún, la fragua y las herramientas de su oficio de herrero, con el mandato expreso de que con ella “sustente a su madre y hermanas”. Las hijas mayores —Agustina, Magdalena y Juana— ya habían contraído matrimonio, y el testador dejó constancia legal de que no había podido dotarlas, una omisión que pesaba en el derecho de familia colonial.
Pero la vida de Juan de Peña no se limitaba al golpeteo del yunque en su solar urbano —el cual le había sido mercedado por el Gobernador Azcárraga—. Era un actor clave en una compleja red nacional de comercio, minería y deudas que se extendía mucho más allá de las montañas del noreste. Sus minas, Santiago y San Buenaventura, ubicadas en el potrero del Cercado, habían producido ya unas cien cargas de metal, insertándolo en el volátil mercado del plomo y la plata.
El testamento destila las frustraciones de un hombre inmerso en un sistema comercial donde la palabra empeñada a menudo se la llevaba el viento. Peña relata cómo, en tiempos del Gobernador Azcárraga, cuando el plomo había alcanzado un alto precio, confió 90 quintales de plomillo y greta a Bartolomé de Quintanilla. Este debía procesarlos en el molino del Capitán Gregorio Fernández y llevarlos hasta Zacatecas para saldar a los acreedores de Peña. Quintanilla pagó las deudas, pero jamás le entregó a Juan el excedente de aquel negocio lucrativo. Tampoco olvidaba las 9 cargas de plomo que Cristóbal de León llevó en su nombre hasta la lejana jurisdicción de Sombrerete para intercambiarlas por géneros y mercancías que “no me trujo”.
La red de transacciones de Peña ilustra la intrincada economía de créditos y favores del México virreinal. Prestaba dinero para bodas, como los 45 pesos que suplió para el casamiento de Melchor de Garibay; financiaba pagos hasta San Luis Potosí a través de intermediarios, y mantenía tratos económicos con la élite militar, figurando entre sus deudores el Sargento Mayor Carlos Cantú y el Capitán Juan Bautista de Villarreal.
Quizá uno de los episodios más reveladores sobre la justicia y las dinámicas sociales de la época es el del indio Lucas. Este hombre, nieto de “Francisco el Orejano”, había sido condenado por la justicia al servicio personal —una práctica de trabajo forzado común en el septentrión—. Juan de Peña, en un acto que mezclaba el pragmatismo económico con el paternalismo de la época, pagó 100 pesos por su rescate, solo para que el indio Lucas huyera poco después, dejando al herrero con la deuda y sin el sirviente.
Al no tener las fuerzas suficientes para estampar su firma en el documento, Juan de Peña confió en uno de sus testigos para que firmara por él: el célebre cronista Juan Bautista Chapa. Así, rodeado de capitanes, alféreces y la fe pública del alcalde, el herrero dejó arregladas sus cuentas terrenales aquel 29 de noviembre, dejando a su paso tierras mercedadas por Alonso de León, cabezas de ganado, rejas de arado y un legado forjado en hierro y plomo.
Fuente Documental:
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Fondo: Ciudad Metropolitana de Monterrey (segunda época).
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Sección de Fondo: Testamentos y Herencias.
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Serie: Testamentos.
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Título: Testamento de Juan de Peña.
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Lugar y Fecha: Monterrey, 29 de noviembre de 1699.
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Colección: Protocolos.
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Volumen: 6 | Expediente: 1 | Folio: 112 NO. 67.
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Idioma: Español.
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