Testamento de un mercader: La última voluntad de Blas de Arrechederra
Doña María González Hidalgo se ajustó el rebozo y miró el documento sobre la mesa. Su mano temblaba levemente. Su esposo, don Blas de Arrechederra y Gallarreta, había muerto, y ahora era su turno de cumplir con su voluntad. No solo era el testamento de un hombre, era el reflejo de una vida, de una época, y de la ciudad de Monterrey en el año 1697.
La primera cláusula era solemne: don Blas deseaba ser sepultado en la parroquial, en el altar de San Miguel Arcángel. Ese era su lugar, un sitio que él mismo había dotado y donde sus descendientes —aunque no tuvieron hijos— tendrían un lugar de reposo. El altar era un símbolo de su devoción y su legado.
El testamento no solo revelaba la fe de don Blas, sino también su prosperidad. En un tiempo donde la riqueza se medía en mercaderías, sus libros de cuentas mostraban la impresionante suma de 23,027 pesos y medio tomines. Una fortuna considerable para la época. Sin embargo, su generosidad era aún más notable. Dejó tres novenarios para rogar por su alma, uno de ellos en el convento de San Francisco, donde también dispuso que se celebrara a Nuestra Señora de Aránzazu, patrona de los vascos como él.
Su caridad iba más allá de la piedad personal. Consciente de la escasez que asolaba la ciudad, don Blas ordenó que se repartieran doce fanegas de maíz cada día de San Miguel Arcángel entre los pobres. Pero la necesidad era inmediata, y el testamento reflejaba esa urgencia. También dispuso que se distribuyeran doce reses en ese mismo momento para que aquellos que recibieran la limosna rogaran por su alma. Era una medida práctica, un acto de caridad que buscaba aliviar el hambre y asegurar oraciones para su descanso eterno.
El documento también revelaba las conexiones comerciales de don Blas. La ciudad le debía 14,123 pesos, una prueba de su influencia en el comercio local. Pero también tenía deudas en la Ciudad de México, un recordatorio de las redes que unían a la lejana Monterrey con el centro del virreinato.
Además de su fortuna, el testamento detallaba sus bienes: una participación en las minas del Cerro de San Pedro y en la de Nuestra Señora de los Dolores, donde había fundado una hacienda para el beneficio de metales. Era un hombre de negocios, que no solo acumulaba riqueza, sino que también invertía en la base de la economía colonial.
Finalmente, el documento confirmaba a doña María González Hidalgo como la única heredera y albacea, junto con su hermano Marcos. Ella era la depositaria de su fortuna y su legado. Con la firma del Gobernador don Juan Pérez Merino y los testigos, la última voluntad de don Blas de Arrechederra quedaba sellada. Un testamento que era mucho más que una lista de bienes; era la crónica de una vida, la radiografía de una sociedad, y el eco de un hombre que, incluso después de muerto, seguía preocupado por el bienestar de su ciudad.
El eco del pasado en la Nueva España
La vida de don Blas de Arrechederra y Gallarreta, reflejada en su testamento, nos ofrece una ventana al pasado de la Nueva España. Su historia es la de un inmigrante, probablemente de la región de Vizcaya, que hizo fortuna en las áridas tierras del norte. La mención de Nuestra Señora de Begoña y Nuestra Señora de Aránzazu subraya sus raíces vascas, una identidad que conservó a miles de kilómetros de su hogar.
El testamento también destaca la importancia de la Iglesia Católica en la vida cotidiana. Los legados a cofradías, conventos y altares no eran simples donaciones, sino una forma de asegurar la salvación del alma, de ganar el favor divino y de dejar una huella en la comunidad. La caridad, más que un acto voluntario, era una obligación social y religiosa.
El documento es un testimonio del capitalismo incipiente de la época. Don Blas no era solo un terrateniente o un ganadero; era un comerciante, un minero, un hombre que entendía las finanzas y las redes de crédito. El testamento nos muestra cómo la economía de la ciudad de Monterrey ya estaba integrada en una red más amplia que llegaba hasta la capital virreinal.
Un legado de caridad y devoción
La última voluntad de don Blas de Arrechederra y Gallarreta es un ejemplo de cómo los individuos de la élite colonial concebían su rol en la sociedad. Su generosidad, reflejada en la distribución de maíz y reses, no era solo un gesto de compasión, sino también una forma de legitimar su riqueza y de cumplir con las expectativas de una sociedad profundamente religiosa. La caridad era vista como una inversión espiritual, una forma de asegurar la paz eterna.
Su testamento nos habla de una vida dedicada al trabajo y al comercio, pero también a la fe y a la comunidad. Es la historia de un hombre que, a través de sus posesiones y su generosidad, dejó una marca imborrable en la historia de Monterrey.
Fondo: Ciudad Metropolitana de Monterrey (segunda epoca)/Seccion de Fondo: Testamentos y Herencias/Serie: Testamentos/Titulo: Testamento de don Blas de Arrechederra y Gallarreta./Lengua: ESPAÑOL/Lugar: MONTERREY/Fecha: 15/Jun/1697/Fojas: 5/Coleccion: PROTOCOLOS/Volumen: 6/Expediente: 1/Folio: 82 NO. 51
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