La Sombra de la Inquisición Cae sobre Tenerife

La historia comienza en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, en la isla de Tenerife. En la tarde del 4 de diciembre de 1528, en las casas del Santo Oficio, el inquisidor Luys de Padilla recibe una denuncia de su fiscal, el bachiller Francisco de Alzola. La denuncia es clara y aterradora: en la isla hay muchos conversos y cristianos nuevos de judíosque podrían estar manteniendo en secreto su fe original.

Padilla, actuando con la autoridad de la Iglesia y la Corona, emite un edicto. Es una orden que debe ser acatada sin cuestionamientos. El mandato es simple pero profundo en sus implicaciones: todos los conversos de la isla, sin excepción, deben presentarse ante la Inquisición en el plazo de treinta días. Su misión es doble:

  1. Entregar sus genealogías, detallando a padres, abuelos y bisabuelos.
  2. Presentar sus “fees” de bautismo para demostrar la autenticidad de su conversión.

La pena por desobediencia es severa: excomunión mayor, una sentencia que los expulsaría de la comunidad cristiana y los condenaría al ostracismo social.


 

La Búsqueda y la Resistencia

 

El edicto se lee públicamente en las iglesias de las principales villas de Tenerife: La Laguna, El Realejo y Santa Cruz. La Inquisición no deja nada al azar. El sacristán Rodrigo de Fuentes y el cura Luys de Salazar dan fe de la lectura pública del mandato, asegurando que nadie pueda alegar ignorancia.

Sin embargo, el miedo, la distancia o quizás una sutil resistencia, hacen que muchos no cumplan. El tiempo pasa, el plazo de treinta días expira y, para enero de 1529, la Inquisición se ve obligada a emitir nuevas órdenes, extendiendo el plazo en dos ocasiones, primero quince días y luego diez. La presión es palpable: el Santo Oficio no se detendrá hasta conseguir la información que busca.


 

El Caso de Gonzalo de Lepe

 

En este ambiente de tensión, emerge la figura de Gonzalo de Lepe, vecino de la isla. Gonzalo no espera el último momento. El 30 de diciembre de 1529, en La Laguna, se presenta ante el inquisidor Padilla y su notario Antón Bernal. Su declaración, escrita en un castellano arcaico y formal, es el corazón de esta historia.

Gonzalo, en un intento de ser totalmente transparente y evitar futuras penas, confiesa su pasado. No se identifica a sí mismo como converso, pero su relato no deja lugar a dudas. Relata que sus padres, a pesar de haber muerto antes de que la Inquisición llegara a su tierra natal en Moguer, fueron “condenados”. Peor aún, varios de sus hermanos y hermanas, que vivían dispersos por Gibraleón, Almonte y La Gomera, habían sido “reconciliados”, un término que significaba que habían confesado su herejía y cumplido penitencia.

Gonzalo de Lepe es un converso no por su propia fe, sino por su linaje. Ha logrado establecerse en Tenerife, se ha casado con Ana Díaz y tiene una familia, pero el pasado de su sangre lo persigue. Su declaración es su única defensa, un acto de sumisión con la esperanza de evitar un castigo mayor.


 

El Castigo por un Pasado Heredado

 

La estrategia de Gonzalo no funciona. Su confesión no lo exime. La información que él mismo proporcionó se convierte en la evidencia en su contra. Entre septiembre y octubre de 1529, se le abre un proceso judicial. El fiscal lo acusa directamente de ser “hijo de condenado” y de haber ejercido cargos públicos, específicamente como juez y alcaide ordinario del lugar de Icod, oficios que estaban prohibidos para alguien con su ascendencia.

La sentencia de la Inquisición es contundente. Aunque Gonzalo había intentado defenderse con una “carta de composición” (un perdón pagado), el tribunal lo declara culpable. Se le prohíbe de por vida volver a ocupar dichos cargos, debe realizar una penitencia espiritual y, para colmo, tiene que pagar una multa de tres doblas de oro que servirán para comprar un misal para la capilla del Santo Oficio.

La historia de Gonzalo de Lepe termina aquí, pero su caso es un claro ejemplo de cómo la Inquisición operaba: la ley era la excusa, la genealogía era la prueba y el castigo no distinguía entre los delitos de fe y la mera condición de ser un converso. La Inquisición de Tenerife, a través de estos documentos, se nos presenta no solo como una institución religiosa, sino como un mecanismo de control social implacable, donde la sombra del pasado familiar podía condenar el futuro

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