El Legado de Margarita Rodríguez de Montemayor
En el Valle de Santiago del Guajuco, un 6 de noviembre de 1737, la vida de doña Margarita Rodríguez de Montemayor llegaba a su fin. Hija del capitán Diego Rodríguez de Montemayor y la difunta doña Inés de la Garza, doña Margarita dictó su última voluntad ante el escribano José Fernández Fajardo, rodeada de testigos.
Su mente, aunque su cuerpo estaba débil, se ocupó primero de su alma. Exigió un entierro solemne en la parroquia de Monterrey, en un lugar preciso: “junto a la pila del agua bendita”. Quería ser amortajada con el hábito de San Francisco y recibir los honores completos: cruz alta, capa, ciriales, misa y vigilia.
Mientras dictaba, su memoria recorrió una vida de alianzas y pérdidas. Recordó su primer matrimonio con el sargento mayor Lucas Caballero. Ella había aportado una dote considerable de 1,826 pesos, mientras que él trajo mulas, dos esclavas y una enorme paila de cobre de 350 libras. Pero la fortuna de Lucas se desvaneció; sus bienes fueron embargados por la Real Hacienda para saldar deudas, quedando milagrosamente solo la paila de cobre, que terminó en manos de su hijastra, doña Ignacia. Su segundo matrimonio, con Juan Francisco Álvarez, no le dejó hijos, y los bienes de él se destinaron a misas por su propia alma.
El corazón de su testamento, sin embargo, latía en la tierra y en la fe.
La tierra de su dote original, el potrero de Mederos, se había permutado por cuatro caballerías en el Guajuco. Pero esta tierra venía con una sombra de violencia. Doña Margarita confesó que nunca midió formalmente esas tierras ni le pidió a su esposo Lucas que lo hiciera. El motivo era el miedo puro: “por recelo de que mis hermanos y cuñados no lo mataran, como me expresaron lo habrían de ejecutar”.
A pesar de esa amenaza latente, ella había dispuesto de esa tierra pragmáticamente, vendiendo cuartos de caballería a sus hijos Juan y Lucas, a su yerno José Macario Treviño y a otros vecinos. Lo que le quedaba era una casa de adobe con sala, aposento y torre, una esclava de 42 años llamada Gertrudis, herramientas, muebles y algunas yuntas.
Pero su mayor inversión no era en propiedades, sino en la salvación. Su gran anhelo era espiritual y comunitario. Había financiado con 500 pesos los estudios de su nieto, José Alejandro Caballero, quien se preparaba en la lejana Guadalajara. Su esperanza era explícita: “deseosa de que ordene para que tuviesen dichos mis hijos y todos los vecinos de dicho Valle del Guajuco el beneficio de que se les diga misa en dicho Valle; por no haber en el ningun sacerdote”.
Para facilitar esta misión, ya había donado casi todo lo necesario para la capilla que su hijo Juan construyó: el misal, la casulla, el alba y “todo lo demas anexo para celebrar misa, menos manteles”. Si su nieto lograba ordenarse, esos ornamentos serían suyos; si no, quedarían para cualquier sacerdote que viniera a oficiar.
Al final, sabiendo las disputas que sus bienes y tierras podían causar, hizo un último ruego. Nombró albaceas a su hijo Lucas Caballero y a su yerno José Macario de Treviño, y les encargó “el deseo que tengo de que entre todos mis herederos haya union y quietud”, suplicando que “no se demande uno a otro”.
Como no sabía firmar, el testigo Pedro de Villela lo hizo por ella. Su última palabra terrenal no fue una bendición, sino un juramento: la promesa de pagar al escribano sus veinte pesos de honorarios “en efectos”.
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