La Deuda de Sangre
El aire en la sala del Justicia Mayor pesaba, denso con el polvo de las Salinas y el sudor de hombres acostumbrados al sol y al acero. Juan, de veintiocho años, permanecía de pie, inmóvil. Sus manos, callosas por el lazo y el arado, estaban quietas a sus costados. A su lado, el Capitán Hernando de Mendiola, su amo, olía a cuero viejo, a tabaco y a la terquedad de los hombres que forjan un reino en tierra hostil.
Frente a ellos, el Capitán Gregorio Fernández, Justicia Mayor y Capitán a Guerra, asentía con gravedad mientras el secretario, Juan de Abrego, leía el documento con una voz monótona que parecía lijar los bordes de cada palabra.
“…ahorra y da por libre de toda esclavitud a Juan de Mendiola, mulato, su esclavo…”
Juan no se atrevía a levantar la vista, pero sentía la mirada de los testigos sobre él. Sentía, sobre todo, la del otro Juan de Mendiola. Su medio hermano. El hijo natural del Capitán. El que llevaba el apellido por derecho de sangre y no por el hierro del marcador. Compartían un nombre y un padre, pero un abismo de ley y costumbre los separaba.
La voz del secretario continuó, y con ella, los recuerdos de aquel día de fuego y gritos regresaron como un fantasma.
“…cuando los indios cercaron la casa y estaban combatiéndola…”
Fue un mediodía sangriento. El polvo se levantó en el horizonte, no por el ganado, sino por los pies descalzos de una partida de guerra. Los gritos de las mujeres dentro de la casa principal fueron la primera alarma. Juan estaba cerca del corral cuando vio al Capitán Mendiola llegar al galope. El viejo no dudó. Se apeó del caballo, desenvainando la espada, un lobo solitario dispuesto a defender su guarida.
El instinto, la costumbre, el deber… Juan no supo qué fue. Pero cuando vio a su amo, el hombre que era dueño de su cuerpo y del de su madre, Mariana, arrojarse a una muerte segura, algo más profundo que el miedo lo impulsó. Sin reparar en su propia vida, saltó de su montura y corrió tras él.
El mundo se convirtió en un torbellino de rostros pintados, el silbido de las flechas y el choque del acero. Vio caer al Capitán, un gruñido ahogado en la garganta mientras una flecha se le clavaba en el hombro. En ese instante, no existían amo ni esclavo. Solo dos hombres de Mendiola defendiendo su hogar. Juan se interpuso, blandiendo un machete de labranza como si fuera la espada de un conquistador.
Fue entonces cuando sintió el fuego. Un dolor agudo, cegador, que lo atravesó de lado a lado. Miró hacia abajo y vio la caña de una flecha sobresaliendo de su propio torso. El mundo se tiñó de rojo y negro. Cayó de rodillas, pero el rostro herido y desafiante del Capitán lo ancló a la conciencia. Con la ayuda de Juan, el viejo se arrastró de vuelta a la casa. Juntos, heridos y sangrando sobre el adobe, atrancaron la puerta y dispararon el único arcabuz que tenían hasta que el fragor de la batalla se convirtió en un silencio expectante y, finalmente, en el sonido de la retirada.
“…le dieron al dicho Juan de Mendiola otro [flechazo], que lo atravesaron, de que estuvo a la muerte; con cuya ayuda ganaron la casa…”
La voz del secretario lo trajo de vuelta al presente. La cicatriz en su costado ardía con el recuerdo. Semanas de fiebre y dolor, con su madre Mariana aplicando ungüentos y rezos a su lado, mientras el Capitán, también convaleciente, vigilaba desde el umbral, con una expresión indescifrable en su rostro endurecido.
“…por cuyo beneficio y por el mucho amor y voluntad que le tiene…”
¿Amor? Juan se preguntó si el Capitán sabía siquiera lo que significaba esa palabra. Voluntad, sí. Respeto ganado a sangre y fuego, también. Quizás para un hombre como Hernando de Mendiola, eso era lo más parecido al amor que podía ofrecer.
La libertad. Se la concedía, pero con las cadenas del tiempo. “Luego que Dios lleve de esta presente vida al dicho capitan”. Debía esperar la muerte de su amo para ser dueño de su vida. Y aún entonces, seguiría atado por una deuda espiritual: una misa anual por el alma del hombre que lo había poseído.
El secretario carraspeó y leyó los nombres de los testigos. Capitán Pablo Sanchez, Bartolome de Montes de Oca y, finalmente, “Juan de Mendiola, hijo natural del dicho capitan Hernando de Mendiola”.
Fue entonces cuando Juan, el mulato, alzó la vista y se encontró con los ojos del otro Juan. No había enemistad en ellos, sino una compleja mezcla de reconocimiento y distancia. Ambos eran hijos del mismo hombre recio, pero la vida los había colocado en lados opuestos de una línea invisible y brutal. Hoy, esa línea se había desdibujado. El hijo esclavo había demostrado una lealtad que el hijo libre, quizás, nunca tendría la oportunidad de probar.
El Capitán Mendiola firmó con un trazo firme. El acto estaba sellado.
Al salir de la sala, el sol lo cegó por un instante. Su vida no cambiaría mañana, ni pasado. Seguiría siendo el esclavo del Capitán. Pero por primera vez, el horizonte de aquel valle hostil no parecía el fin de su mundo, sino el principio. Cada nuevo amanecer lo acercaba a su libertad, una libertad comprada con una flecha que lo atravesó y la promesa de una oración por el alma de su amo, su salvador, su padre. Era una deuda de sangre, y estaba dispuesto a pagarla.
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