Reunión Matrimonial – En el Pueblo de Cocula

El polvo se levantaba con cada paso en el Cocula de 1679, un pueblo donde el tiempo parecía medirse en los latidos lentos de la vida rural. Era el 28 de octubre, un día que, para Don Melchor de las Roelas, un español vecino de estas tierras, marcaría un punto de inflexión. La noticia había llegado a oídos de Su Señoría Ilustrísima: Don Melchor, con un temor a Dios quizás un tanto menguado, llevaba años separado de Doña María de Castro, su legítima esposa. Una separación por puro capricho, sin permiso de juez o ministro, un desaire a las leyes de la Iglesia y del hombre.

La orden fue clara: poner remedio a tal desorden. Don Melchor debía presentarse, su declaración sería el inicio de un proceso. Con 40 años a cuestas, relató su versión: conoció a Doña María, se casaron hace catorce años en Zapotlán, Michoacán. Un año y medio de vida conyugal, un hijo, Luis, fruto de esa unión. Luego, la trajo a Cocula, pero un mes después, ella le rogó volver a Zapotlán a ver a su madre. Él accedió, pero al intentar traerla de vuelta, ella se negó. Volvió solo, y al buscarla tiempo después en Zapotlán, simplemente no la encontró. La búsqueda fue infructuosa, y esa, según él, era la razón de su separación. Estaba dispuesto a retomar su vida marital si ella reaparecía.

La respuesta de la autoridad no se hizo esperar: dos meses. Don Melchor tenía un plazo de dos meses para reunirse con Doña María y cumplir con sus obligaciones conyugales, bajo pena de excomunión mayor. Si tenía alguna objeción, debía presentarla ante Su Ilustrísima.

Pero la historia tenía más capas. El 13 de noviembre de 1679, en Guadalajara, Don Melchor se presentó de nuevo. Esta vez, su relato se extendió, revelando un enjambre de conflictos familiares y promesas rotas. Su mujer, Doña María de Castro Picón, era hija de Doña Luisa de Aguilar y Luis Álvarez Picón, ya difunto. El problema radicaba en una herencia: cuando su suegro murió en Sierra de Pinos, sus bienes (mulas y reales) quedaron en manos de Gabriel de Aguilar, tío de su esposa, con la promesa de que se entregarían al casarse ella. Pero la promesa se esfumó.

Don Melchor clamaba por la necesidad de sustento para su creciente familia, pidiendo a Gabriel al menos dos mulas, pero solo encontró insultos y amenazas. El conflicto escaló hasta un punto en que su suegra, Doña Luisa, le había prometido una casa y vestimenta para Doña María, además de una mula y un macho. Cumplió con los animales, pero Gabriel de Aguilar vendió la mula y el macho fue llevado a Zacatecas y nunca regresó.

Luego, la suegra lo envió a Cocula con Doña María para que conocieran a sus padres, dándole veinte días de plazo. Don Melchor, al no poder regresar a tiempo, escribió, pero su suegra, en un acto de desprecio, arrojó la carta en una olla de agua. Cuando él fue en persona a Zapotlán, ella lo recibió con frialdad y, sin razón aparente, disuadió a Doña María de volver con él, escondiéndola. Don Melchor había buscado incansablemente a su esposa, pero sin éxito.

La desesperación lo llevó a Guadalajara, donde Su Ilustrísima le aconsejó que regresara a Zapotlán, hablara con su suegra y, con la ayuda del cura, rogara por el regreso de su esposa. Descubrió entonces que Doña María había estado en Autlán, de donde fue desterrada por la justicia a Tachichilco. Melchor argumentaba que una mujer que huye sin causa y vaga por pueblos, no merece ser recibida, y confesaba su ignorancia sobre su paradero actual, evidenciando la mala voluntad de su familia política.

Y entonces, un detalle escalofriante emergió del pasado: una noche en Cocula, mientras dormía, Doña María lo había tomado por el cuello, casi asfixiándolo. Solo las ansias de la muerte lo despertaron. Cuando intentó confrontarla, ella se encerró, y su abuelo, Andrés de Trujillo, ya difunto, lo detuvo, reprendiéndolo y aconsejándole que la llevara con su madre en Zapotlán, pues temía que lo matara.

Todo esto, la mala voluntad de Doña María, de Luis de Aguilar, de su suegra, de Gabriel de Aguilar y de los demás parientes, estaba dispuesto a probarlo. Ahora, Su Ilustrísima le concedía dos meses para ir a Valladolid y ver al Señor Obispo. Pero Don Melchor, pobre, sin dinero ni bestias para el largo viaje, y amenazado de muerte por los de su esposa, se sentía acorralado. Solo esperaba la visita del Señor Obispo de Michoacán a Zapotlán, donde, creía, encontraría a Doña María. En ese momento, iría, la vería, y si se la entregaban, la recibiría, y daría cuenta de lo que resultara. Su petición, decía, era cierta y verdadera, sin malicia, solo buscando justicia.

El documento, sin embargo, se interrumpe, dejando la historia de Don Melchor de las Roelas suspendida en el tiempo, un eco de las complejidades de la vida y el derecho en el siglo XVII.

Fuente: Sagrada mitra de Guadalajara Antiguo Obispado de la Nueva Galicia : Expedientes de la serie de matrimonios extractos siglos XVII-XVIII/ Maria de la Luz Montejano Hilton, pág.  17 y 18

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