Las Últimas Voluntades en el Valle del Guajuco: El Ocaso de José Valentín Salazar (1819)

El 24 de mayo de 1819, el calor de la primavera tardía envolvía el Valle de Santiago del Guajuco. En el interior de una habitación modesta pero impregnada de historia, un hombre mayor se enfrentaba a su propio fin. José Valentín Salazar, un respetado vecino y propietario originario de la región, sentía el peso de un violento «accidente» —el término de la época para referirse a una enfermedad repentina y grave— que amenazaba con ganarle la partida a la vida.

A pesar del sufrimiento físico, la mente de Valentín permanecía lúcida. Sabía que la muerte era un proceso natural para toda criatura, pero se negaba a que lo tomara desprevenido o «sin disposición». Por ello, hizo llamar urgentemente al Teniente de Gobernador del valle, don José Antonio García, para que actuara como juez, y a tres testigos de su entera confianza: don Santiago García Montemayor, don Juan García y don Joaquín Rodríguez. Frente a ellos, Valentín comenzó a desgranar una detallada radiografía de su fe, su linaje y el patrimonio que había construido en el noreste novohispano.

Un linaje y una fe inquebrantables

Valentín comenzó recordando quién era: hijo legítimo de don Marcos de Salazar y de doña Petronila Serna, dos antiguos y distinguidos vecinos del valle que para entonces ya habían fallecido. Antes de proceder a cualquier reparto material, dedicó una extensísima parte de su declaración a consolidar su paz espiritual. En una época donde la religión regía el orden civil, profesó con fervor su creencia en la Santísima Trinidad, en la virginidad de María y en los dogmas de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Mirando hacia el momento inevitable en que Dios hiciera la «separación entre su alma y cuerpo», Valentín dispuso los detalles de su propio funeral con una mezcla de piedad y calculada sobriedad: su alma regresaría al Creador, mientras que su cuerpo físico sería enterrado en la iglesia parroquial del valle. Lejos de ostentaciones, mandó pagar una cuota de cinco pesos por la rotura de la tierra, exigió que su cadáver fuera amortajado con el humilde hábito de San Francisco y pidió un novenario de misas rezadas, prohibiendo explícitamente cualquier pompa o «fatuo alguno». Asimismo, cumplió escrupulosamente con el fisco virreinal, destinando tres pesos a la nueva manda forzosa impuesta por la monarquía española en un imperio que ya se tambaleaba.

El recuerdo de Dorotea y la herencia de los Salazar

El testamento se convirtió de pronto en una ventana al pasado familiar de Valentín. Recordó con nostalgia su matrimonio eclesiástico con doña María Dorotea Martínez, una mujer originaria de la Villa de Marín e hija de don Xavier Martínez y doña María Feliciana Flores de Valdés. Aunque Dorotea ya había fallecido, el fruto de su unión seguía vivo en sus siete hijos legítimos: José Isidro, María Josefa, María Petra, María Guadalupe, José Miguel, José de Jesús y María Juana Francisca. Todos ellos ya habían sido colocados en estado de matrimonio gracias a las ayudas económicas que Valentín les otorgó en su momento.

Con transparencia impecable, el moribundo aclaró las cuentas del pasado: cuando se casó con Dorotea, entraron a su poder 70 pesos bajo la tutela de ella. Tras la muerte de su esposa, esa cantidad, sumada a las ganancias correspondientes, se había repartido con total equidad entre sus hijos por el lado materno, dejándolos «contentos y satisfechos». Por su parte, Valentín había entrado al matrimonio con un capital propio de «ciento y tantos pesos» en bienes muebles, guardando celosamente el apunte escrito entre sus papeles particulares.

Su honradez en vida quedaba demostrada al repasar sus cargos públicos y morales: había servido fielmente como albacea de su difunto padre y de su hermano don José Francisco, y se apresuró a pedir que de sus bienes se saldara un real pendiente correspondiente a un encargo extrajudicial para dos desvalidos del pueblo, Cayetano Maldonado y una persona de apellido Peña.

Tierras, trapiches y el valor del agua

Al describir sus bienes materiales, la narrativa del testamento revela la vida de un hombre de campo acomodado pero práctico. Su hogar era una estampa del Santiago colonial tardío: una casa compuesta por una sola pieza con paredes cercadas de adobe, una puerta de dos manos sin cerradura y un techo de basura (paja/zacate), acompañada de un jacal adyacente con cocina cercada de palos.

Sin embargo, el verdadero valor de Valentín radicaba en sus propiedades rurales. Poseía tierras de labor en los parajes de Nogales y Mesitas, así como derechos hereditarios compartidos en la Hacienda de San Pedro de los Salazares y en terrenos adquiridos en la Huasteca, bajo el título de San Diego del Cercado. En una región semiárida, la tierra no valía nada sin el agua; por ello, Valentín administraba con recelo los «días de agua» vinculados a sus parcelas de El Huisachal y Jacal Viejo. Incluso detalló intrincadas transacciones familiares, como el intercambio de derechos agrícolas que había hecho con su yerno don José Ventura Cavazos (viudo de su hija María Guadalupe) y un feriado de tierras con su otro yerno, José Cristóbal de la Garza, asegurando que sus nietos heredaran en un futuro.

Valentín demostró también ser un hombre partícipe de la vida comunitaria, pues declaró tener derechos compartidos sobre las tierras ejidales del vecindario por haber contribuido en el pasado con cinco pesos y cinco reales para el rescate de las mismas ante el Marqués de Santa Cruz.

En las tierras del Guajuco, la caña de azúcar era el motor económico. Valentín declaró poseer un valioso plantío de caña y una siembra de maíz pinto, trabajados a medias con su hijo José Miguel. Para procesar la cosecha, compartía con él un molino trapiche y poseía un perol de cobre propio. Su vida diaria se apoyaba en herramientas de hierro que listó una a una: tres hachas, tres azadones, tres gatos, una barra, escoplos, una sierrita, una azuela y un cortador de caña. Su transporte e inventario ganadero eran los propios de un ranchero respetable: tres yuntas de bueyes, vacas marcadas con su fierro y señal, ocho yeguas de vientre, potrancas, tres caballos de rienda, dos de falsa rienda, una mula mansa y machos cerreros. Para sus viajes, dependía de su ropa de uso y de un ajuar de andar a caballo equipado con un fuste aviado, estribos de palo, cojinillos y armas de baqueta.

Cuentas claras para el viaje eterno

Hacia el final de la tarde, Valentín repasó sus finanzas personales con precisión contable. Declaró deberle a don José Antonio García —el mismo juez que redactaba el acta— lo que registrara el libro de caja de su comercio. En contraparte, ordenó cobrar las deudas que otros tenían con él: doce pesos que le debía don Pedro Ramírez (mayordomo en la Huasteca), quince pesos de Luciano de Alanís y once pesos de Esmeregildo Gálvez, quien debía pagárselos con jornadas de trabajo en la inminente molienda de caña. Otros conocidos, como los Rocha y José María Botello, le debían días de trabajo que su hijo José Miguel se encargaría de supervisar.

Su rectitud se extendió a las futuras generaciones: ordenó a sus albaceas custodiar rigurosamente los bienes que guardaba bajo tutela pertenecientes a su nieto huérfano, Froilán Salazar. Además, decretó que si tras su muerte alguien reclamaba una deuda menor a tres pesos y presentaba pruebas, se le pagase de inmediato para mantener su conciencia limpia de cualquier falta. Como último acto de devoción, separó un día de agua libre con su tierra en El Huisachal para establecer un censo perpetuo que financiara cuatro misas anuales dedicadas al descanso de su alma y la de su esposa.

El último suspiro

Con las fuerzas que le quedaban, Valentín revocó cualquier testamento anterior y nombró como sus albaceas y herederos universales a sus hijos José Isidro y José Miguel. Invocando un privilegio concedido por el monarca Carlos III, encargó que la partición definitiva de los bienes fuera realizada de manera extrajudicial por su sobrino y compadre, don Marcos Valdés, para evitar que la justicia real interviniera en los asuntos de la familia.

El juez José Antonio García tomó la pluma y dio fe de la escena: constató que el otorgante, aunque visiblemente enfermo, se encontraba en perfecto uso de sus sentidos, memoria y entendimiento. Valentín Salazar firmó el documento con mano temblorosa al lado del juez y los testigos.

Con las rúbricas plasmadas al calce de aquellas hojas numeradas, Valentín Salazar Serna cerró sus asuntos en la Tierra. El testamento quedaba concluido, transformándose en el testimonio imperecedero de un hombre que, con su fe, sus tierras y sus trapiches, ayudó a labrar la historia profunda del Valle del Guajuco.

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