Entre Dos Audiencias: El Hombre que se Creyó Libre
Bajo el cielo plomizo de Monterrey, aquel 24 de noviembre de 1739, el aire portaba el frío seco que suele anunciar los inviernos del Nuevo Reino de León. En el despacho del escribano José Fernández Fajardo, el rasgueo de la pluma sobre el papel sellado era el único sonido que interrumpía la lectura de un conflicto que cruzaba fronteras coloniales.
Doña María de Treviño, viuda del Sargento Mayor Pedro Guajardo y mujer de temple forjado en la frontera, no estaba allí para formalizar una herencia común. Estaba allí por poder y propiedad.
El Fugitivo y el Nombre
El centro de la disputa tenía nombre propio: Juan Salvador de Mata Judíos. Un esclavo que no solo había desafiado el yugo de la servidumbre huyendo del Reino, sino que había tenido la audacia de presentarse ante la Real Audiencia de Guadalajara para reclamar su libertad.
Juan Salvador no era un simple fugitivo; era un hombre que conocía los vericuetos del sistema legal español. Al llegar a tierras jaliscienses, convenció a las autoridades de que su cautiverio era injusto, logrando que la Audiencia lo pusiera en depósito en la Hacienda de Bonanza, lejos del alcance inmediato de su ama.
Un Laberinto de Jurisdicciones
La narrativa de los folios revela una pesadilla burocrática del siglo XVIII:
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Monterrey: Doña María exige el retorno de su “bien”.
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Mazapil: El Alcalde Mayor de San Gregorio de Mazapil retiene al esclavo, ignorando las peticiones de Martín de Peña (anterior apoderado de María).
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México vs. Guadalajara: Aunque el Nuevo Reino de León pertenecía a la jurisdicción de la Real Audiencia de México, Mazapil caía bajo el brazo de Guadalajara. Este choque de poderes permitía al Alcalde ignorar los exhortos, atrapando a Juan Salvador en un limbo legal que, para él, significaba un respiro de libertad.
El Nuevo Comisionado
Cansada de las evasivas y la distancia, Doña María firma el Protocolo 120. Con este documento, confiere plenos poderes a Félix Salcedo, vecino de Guadalajara, para que actúe como su mano derecha en la capital tapatía.
La instrucción es clara: recuperar a Juan Salvador de Mata Judíos a toda costa. El documento, atestiguado por hombres de peso como Juan José Sánchez Roel y Francisco Villamil, cierra con una nota curiosa del escribano: “No llevé derechos ningunos”, quizás un gesto de cortesía o un arreglo previo ante la complejidad de un pleito que ya sumaba demasiadas leguas y frustraciones.
Doña María se retira del despacho, dejando tras de sí dos fojas de papel que resumen la tensión de una época: la lucha de un hombre por su libertad bajo un apellido que evocaba viejos fantasmas, y el esfuerzo de una viuda poderosa por mantener el orden de sus dominios en una Nueva España fragmentada.
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