El testamento de doña María Báez Treviño: Radiografía de un imperio comercial en el Nuevo Reino de León (1726)
El 19 de enero de 1726, la ciudad de Monterrey fue testigo de las últimas voluntades de una de las mujeres más poderosas y acaudaladas del Nuevo Reino de León: doña María Báez Treviño. Viuda del sargento mayor Pedro Guajardo, su testamento no solo revela la magnitud de una inmensa fortuna calculada en más de 84,000 pesos —una cifra astronómica para la época—, sino que ofrece una radiografía exacta de la sociedad virreinal, el comercio, la fe y la filantropía en el norte de la Nueva España.
Devoción, indulgencias y el peso del alma
La preocupación principal de doña María al dictar su testamento fue asegurar su descanso eterno y el de sus allegados. Fiel a las costumbres de la élite novohispana, dispuso que su cuerpo fuera amortajado con el hábito de San Francisco, buscando beneficiarse de las indulgencias concedidas a la orden, para luego ser sepultada en la capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la iglesia parroquial, exactamente al lado de su difunto esposo.
Su red de responsabilidades espirituales se extendía más allá de su familia. Dejó pagadas casi mil misas: 600 por su propia alma en el Altar del Perdón de la Catedral de México, a tostón cada una; 300 destinadas a las almas de las personas con las que ella o su esposo mantuvieron “trato y comercio”, en un acto de expiación por posibles deudas o faltas en sus negocios; y 50 más por el descanso de sus criados y sirvientes.
Asimismo, distribuyó donativos estratégicos para el clero y la infraestructura religiosa de la región: 50 pesos al presidente del convento local, 50 al misionero y a los padres apostólicos del hospicio de Boca de Leones, 200 pesos para la reedificación de la capilla de Nuestra Señora de Gualeguas, y ornamentos de lujo —incluyendo un baldaquino de damasco morado— para el Santo Cristo de Saltillo y el de Tlaxcala.
Visión educativa: La cláusula número 12
Uno de los elementos más excepcionales de su testamento es la Cláusula 12, que la destaca como una pionera del mecenazgo educativo en la región. Doña María ordenó que una quinta parte de sus bienes (destinando 500 pesos a rédito) se utilizara para financiar la educación de los niños pobres de la ciudad.
Su voluntad estipulaba que, de regresar los padres de la Compañía de Jesús a poblar el Colegio de Monterrey, se utilizara este dinero para pagar a un maestro que enseñara “los primeros rudimentos de leer, escribir y gramática”, así como para proveer de papel y materiales a los alumnos sin recursos. Si los jesuitas no llegaban y el colegio se demolía, el fondo debía pasar al convento de San Francisco con la misma estricta condición: instalar a un religioso maestro, similar al modelo que ya operaba en la villa de Saltillo.
Un imperio comercial, ganadero y material
El inventario de sus bienes materiales ilustra el alcance de un imperio comercial que abarcaba propiedades urbanas, ranchos y rutas mercantiles. La residencia principal de la viuda, construida de cal y piedra y tasada en 5,500 pesos, constaba de quince habitaciones. Poseía además una casa en la plaza principal cuya pieza esquinera funcionaba como una próspera tienda.
Dentro de sus muros, la opulencia de la familia era evidente. El menaje incluía 289 marcos de plata en vajillas, 18 vasos de cristal de Venecia, un escritorio de madera de acahuite embutido con carey, imágenes religiosas como un San José de marfil, y un joyero que albergaba esmeraldas, anillos de oro y múltiples hilos de perlas.
En el ámbito comercial y agropecuario, sus cifras eran propias de un latifundio de gran escala:
Ganadería: Un rebaño masivo de 15,564 ovejas de vientre, complementado por miles de borregos y primales, además de 110 caballos y 80 mulas mansas.
Tierras: Propiedades y agostaderos repartidos por todo el noreste, incluyendo Saltillo, Papagayos, San Miguel, Ramos, Guadalupe y San Bartolomé.
Comercio: La tienda almacenaba desde 200 pares de zapatos hasta cientos de arrobas de manteca y sebo producto de las matanzas. Sus libros de cuentas registraban que le adeudaban la enorme cantidad de 37,852 pesos.
Fuerza de trabajo: A la par de sus sirvientes y empleados de los ranchos, el documento registra la propiedad sobre siete personas esclavizadas (dos hombres y cinco mujeres), reflejo ineludible de las dinámicas laborales y de castas del siglo XVIII.
El misterio de la herencia final
Tras realizar el avalúo completo, la fortuna de doña María Báez Treviño ascendió a 84,068 pesos y 2 reales, sin tener una sola deuda a su nombre. De sus dos hijos, Domingo y Joaquín, fue a este último a quien legó directamente 27,091 pesos (descontando una capellanía familiar).
Sin embargo, el destino del grueso de la fortuna —53,978 pesos— quedó envuelto en un aura de hermetismo testamentario. La matriarca ordenó a sus hermanos y albaceas, el bachiller Pedro Báez Treviño y Martín de la Peña, que esta suma mayoritaria se distribuyera exactamente conforme a una “memoria cerrada” que guardaba bajo llave en su escritorio mexicano. Con esta última instrucción, firmada de su puño y letra como “María Treviño” ante el teniente de gobernador Alonso García Cuello, la viuda aseguró que el control de su vasto imperio permaneciera, incluso después de la muerte, estrictamente bajo sus propios términos.
Compartir:
Entradas Recientes
Cruzando el Océano y el Tiempo: La Odisea de la Familia Eidelin – Espino
Tierra, Familia y Sacramentos: Vida y Muerte de la Élite Regiomontana en el Siglo XVIII
Categorias
- Archivo General de la Nacion – Mexico
- Artículos de Interés
- Canarios en México
- Certificación SEP-Conocer EC1396
- Descargas
- escrito por Benicio Samuel Sánchez García
- España
- Jalisco
- John Inclan
- John P. Pratt Home Page
- Migraciones de Españoles
- Noticias
- Nuevo Léon
- Portugal
- Proyecto Guadalupe.com
- Sephardim.com
- Terapia Familiar Sistémica