El Santo Cristo de veinticinco pesos: El rescate de los Martínez Guajardo

El polvo del Nuevo Reino de León siempre encontraba la manera de colarse por las rendijas de las casas de adobe. En aquella tarde de finales de la década de 1670, doña Nicolasa de la Garza, aún joven pero con el rostro endurecido por la viudez, miraba la mesa de madera rústica donde descansaban las dos únicas herencias que le había dejado su primer marido, el alférez Joseph Martínez Guajardo.

Cualquiera en Monterrey pensaría que la viuda de un alférez —e hija del afamado capitán Pedro de la Garza— heredaría solares, yeguas o sirvientes. Pero la realidad de la frontera era cruel. Los títulos militares a menudo no eran más que palabras que se llevaba el viento. Sobre la mesa solo había un hierro de herrar, frío y ennegrecido, símbolo de un ganado que nunca llegó a multiplicarse, y un Santo Cristo.

El Santo Cristo era una pieza hermosa, tallada en madera oscura, quizá traída por algún mercader desde Zacatecas o la Ciudad de México. Sus detalles eran finos, y en tiempos de angustia, Nicolasa se había aferrado a él suplicando por la salud de Joseph cuando la fiebre o las heridas de las campañas militares lo postraron en cama.

Pero Joseph había muerto, y con él, el poco sustento de la casa. Desde el rincón de la habitación, cuatro pares de ojos la observaban con el hambre y la incertidumbre de la infancia: eran José, María Antonia, Rosa y Jerónimo.

Nicolasa tomó el crucifijo entre sus manos. El peso de la madera contrastaba con el vacío de su alacena. Cuando el juez y el tasador acudieron a su casa para hacer el inventario de bienes del difunto, recorrieron la morada vacía con miradas de lástima. No había tierras, no había carretas, no había plata labrada.

—No hay bienes muebles ni raíces, doña Nicolasa —dijo el tasador, mojando la pluma en el tintero. —Queda esto —respondió ella, entregando el hierro de herrar y alzando el Santo Cristo.

El hombre tomó la imagen religiosa, evaluando la talla y el pequeño remate de plata en la cruz. —Se aprecia en veinticinco pesos —sentenció el escribano.

Veinticinco pesos. Esa era la suma total de los años de matrimonio, de los sacrificios en la frontera y de la vida de un soldado del rey. Veinticinco pesos era también la diferencia entre alimentar a sus cuatro hijos o perecer en la miseria antes de que el invierno cayera sobre la ciudad de Monterrey.

Con el corazón encogido, Nicolasa tomó una decisión. La fe, pensó, no residía en la madera tallada, sino en la fuerza para sacar adelante a su sangre. Días después, el Santo Cristo fue entregado a un comerciante local a cambio de las ansiadas monedas de plata. Aquellos veinticinco pesos compraron harina, maíz, algo de cecina y el tiempo suficiente para que Nicolasa pudiera reorganizar su vida y buscar refugio.

Esa fuerza de voluntad le permitió sobrevivir. En la primavera de 1680, con la frente en alto y habiendo sacado a sus hijos de la inanición, Nicolasa volvió a casarse. Su nuevo marido, irónicamente, también se llamaba Joseph: el alférez Joseph de la Garza. Con él construiría una nueva vida y tendría a su hijo Carlos.

Pero el recuerdo de aquel crucifijo nunca la abandonó. Muchos años después, ya anciana, al dictar su propio testamento en enero de 1709, su mente viajó de regreso a aquella habitación de adobe y polvo. Cuando el escribano le preguntó por los bienes de su primer matrimonio, ella no habló de grandeza ni de tierras. Con una voz cansada pero firme, hizo que el notario dejara asentado para la eternidad la cruda y humilde verdad de su juventud: que de su primer Joseph solo quedó un hierro para herrar… y un Santo Cristo que salvó a sus hijos, tasado en veinticinco pesos.

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