El Linaje de Huinalá: El legado de Juan de Elizondo

El 16 de diciembre de 1777, en la Ciudad Metropolitana de Monterrey, el aire frío del invierno neoleonés envolvía el rancho de Huinalá. Allí, Juan de Elizondo, hijo del general Pedro de Elizondo y de la difunta doña María de la Garza, sentía la cercanía de su fin. Con la lucidez de quien sabe que debe rendir cuentas ante Dios y los hombres, dictó su última voluntad ante el alcalde José Cayetano de Tijerina.

Su primera disposición fue un acto de humildad franciscana: pidió ser enterrado en la iglesia parroquial de la ciudad, despojado de lujos, vistiendo únicamente el hábito de San Francisco.

El Recuerdo de dos Matrimonios

La memoria de Juan retrocedió décadas, hasta su unión con su primera esposa, doña María Antonia de la Serna y Alarcón. Recordó cómo empezaron: ella con apenas 47 pesos en ropa y “alhajitas”, y él con un humilde atajuelo de siete yeguas y su caballo. Juntos, con el “trabajo de ambos”, lograron levantar una fortuna de 760 pesos antes de que ella partiera, dejando cuatro hijos: José Cayetano, José Ceferino, Vicente Ferrer y María Josefa.

Luego vino su segunda vida con doña María Marta González, hija de don Mateo Regalado y doña Francisca de León. De este segundo lecho nacieron seis hijos más, a quienes Juan procuró dotar con justicia. Los nombres de sus yernos y nueras —Alejandro Barrera, José Ignacio González, Juan José González y María Josefa García— desfilaban en el testamento junto a las dotes entregadas: pesos en reales, alhajas y bienes muebles que sumaban el esfuerzo de una vida en la frontera.

Un Patrimonio Forjado en la Tierra

El inventario de sus bienes dibujaba el mapa de su existencia. Poseía la casa de su morada en Huinalá, otra propiedad en Monterrey con su sala y dos cuartos, y las tierras heredadas y compradas a su hermano Pedro en la hacienda de San Francisco. Sus dominios se extendían por medio sitio de ganado mayor en Huinalá y un sitio de ganado menor en el llano de la Encina Gorda.

En el interior de su hogar, la austeridad se mezclaba con destellos de estatus: cinco cajas de madera, una tinajera, un armero y —su mayor orgullo de plata quintada— cuatro platos, siete cucharas, una tembladera y un salero. Para el trabajo y la defensa, su escopeta y su ajuar de andar a caballo: silla vaquera, estribera, freno y espuelas.

La vestimenta de la pareja revelaba la elegancia de la época: un capote de paño de Cholula, naguas de capichola encarnadas con puntas de plata, una saya morada con melendre de plata y un rebozo de algodón azul.

Cuentas Pendientes y un Gesto de Libertad

Juan de Elizondo no solo era un hombre de tierras, sino un eje en la economía local. Su lista de deudores era un censo de la región: desde el Gobernador José Cavazos y los indios del pueblo de Guadalupe, hasta vecinos de los Lermas y el Ancón. Le debían fanegas de maíz, bueyes, novillos gordos y hasta las rentas de 73 cabras que José Treviño no había pagado en 27 años.

Sin embargo, el momento más solemne llegó al hablar de las almas. Declaró que los esclavos eran propiedad compartida con su esposa María Marta, pero dictó una orden final: otorgó la libertad a Juan María, dejando en servidumbre a sus hijos Eusebio, Petra, Antonio, Anastasia y el pequeño Basilio, de apenas cinco meses.

Finalmente, para asegurar el descanso eterno de su alma y las de sus esposas, destinó la renta de la pieza alta de su casa para el pago de misas. Designó como albaceas a su compadre Joaquín Canales y a sus hijos José Félix y Vicente Ferrer. Bajo la fe del escribano y los testigos presentes, Juan de Elizondo cerró sus ojos al mundo, dejando su historia escrita en nueve fojas de papel sellado.

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