Del Teide al Cerro de la Silla: La Boda del Canario
Era el verano de 1713 en el Nuevo Reino de León. La villa de Monterrey, rodeada de montañas y bajo la amenaza constante de la guerra viva contra los indígenas, parecía el último lugar del mundo donde uno esperaría encontrar a un isleño del Atlántico. Sin embargo, en los registros eclesiásticos y civiles, un hombre desafiaba la geografía y las castas de la frontera: José Agustín Manrique de Lara.
José Agustín no era un colono ordinario, ni un soldado de cuera. Su condición legal era la de esclavo, y su piel lo clasificaba en el rígido sistema virreinal como “mulato”. Pero lo que hacía que los escribanos levantaran la ceja al mojar la pluma era su origen. José Agustín declaraba con orgullo —y quizás con nostalgia— ser “natural de Tenerife, de las islas Canarias”, especificando incluso que venía del “partido y beneficio del lugar de Buenavista”.
¿Cómo llegó un mulato de Buenavista, bajo la sombra del volcán Teide, a terminar sus días en la árida frontera norte de la Nueva España? La historia no guarda el registro de su travesía, pero sí de su linaje inmediato: era hijo de Teresa María, descrita como “negra criolla”, lo que sugiere que la mezcla de sangres y el desplazamiento forzado ya eran parte de su herencia materna.
El 19 de julio de 1713, José Agustín se presentó ante las autoridades no para pedir su libertad física, sino para reclamar un derecho fundamental del alma: el matrimonio. Su intención era desposar a Gregoria de Escamilla, una mujer local que ya conocía el dolor de la pérdida, pues figuraba como viuda de Diego Suárez.
El trámite no era sencillo. Como forastero y esclavo, José Agustín debía probar su “libertad de estado”, es decir, certificar que no había dejado esposa abandonada en las Canarias ni en ningún punto de su largo viaje. El escribano, quizás confundido por la lejanía de su tierra natal, anotó en el protocolo una curiosidad geográfica, situando a Tenerife en “dicha provincia y reino de la Andalucía Baja”, un error burocrático que hoy nos revela cuán exótico resultaba su origen para los habitantes del norte novohispano.
Aquel día de julio, bajo el sol de Monterrey, el protocolo número 21 del volumen 10 quedó sellado. En él, un esclavo de apellido noble y origen isleño, y una viuda de apellido regio (los Escamilla eran una familia fundadora), unieron sus destinos. Su historia es un recordatorio fascinante de que el Nuevo Reino de León no fue solo forjado por colonos españoles y tlaxcaltecas, sino también por vidas extraordinarias que cruzaron océanos enteros —incluso en cadenas— para echar raíces en el desierto.
Fuente Documental:
Protocolos_V_2_1 (1).pdf (Volumen 10, Expediente 1, Folio 56, Número 21).
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